Nuevo día, que se inicia como todos, surcando la gran ciudad bajo tierra. Viajes rutinarios en el metro, que trato de enriquecer día a día con libros, música... siempre que el espacio me lo permita. Hoy era día de observar, y observando he encontrado una poesía de Miguel Hernández en un cartel :
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
Tras leerla me he dado cuenta de lo bien encuadrada que está en el contexto de cada viaje de metro, porque en cada vistazo no observas más que caras tristes, largas, serias... que apenan. Y observando observando mis ojos se han parado en un padre que estaba sentado con su hijo, de tres o cuatro años, acurrucado sobre él. Y lo mejor de todo, la enorme sonrisa del padre, que revelaba la gran satisfacción de tener un tesoro tan preciado entre sus brazos.
¡Cuánto mejora la gente cuando sonríe! Siempre ligando la palabra "contagio" con enfermedades infecciosas, ¿por qué no reir y contagiar sonrisas?

Si contamos las veces que hemos sonreído en todo el día apuesto que son más de 100... entonces ha merecido la pena. Bonita entrada^^
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